Salmos
Capítulos 42
Reina-Valera 1909
1Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhela, oh Dios, el alma mía.
2Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?
3Han sido mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?
4Me acuerdo de estas cosas y derramo mi alma dentro de mí, cuando yo iba con la multitud y la conducía hasta la casa de Dios, con voz de alegría y de gratitud, haciendo fiesta la multitud.
5¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle por la salvación de su presencia.
6Dios mío, mi alma está abatida dentro de mí; me acordaré de ti, por tanto, desde la tierra del Jordán y de los hermonitas, desde el monte Mizar.
7Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.
8De día mandará Jehová su amorosa bondad, y de noche su cántico estará conmigo, y mi oración al Dios de mi vida.
9Y a Dios, mi roca, diré: ¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué andaré yo de duelo por la opresión del enemigo?
10Con quebranto en mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?
11¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, ¡mi salvación y mi Dios!
Capítulos
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150